SANTO DOMINGO ESTE.– La muerte de Luis Incháustegui en una cama del Hospital Dr. Luis E. Aybar (conocido popularmente como el Morgan) marca el cierre de un ciclo que parece extraído de una novela de tragedia política y humana. Quien fuera una de las figuras más influyentes, poderosas y ricas durante los primeros años de gobierno del Dr. Leonel Fernández, exdirector del controvertido Programa de Empleo Mínimo Eventual (PEME), falleció en condiciones que contrastan drásticamente con los días en que manejaba millones de pesos y decidía la suerte económica de miles de personas.
Para entender la magnitud de su caída, es necesario arrastrar la historia por los moños hasta finales de la década de los 90. Incháustegui estuvo en el ojo del huracán político y judicial al ser el principal señalado en el caso del PEME, un millonario programa gubernamental destinado a "comprar la paz social" en los barrios marginados mediante repartos de dinero en efectivo.
En aquellos días de gloria, Incháustegui no solo manejaba fondos astronómicos, sino que era un hombre asediado por quienes buscaban su favor, sus recursos o una tajada del presupuesto estatal. El caso judicial posterior, que lo llevó a enfrentar los tribunales por presunta malversación de fondos públicos, se convirtió en uno de los escándalos de corrupción más emblemáticos de la época, marcándolo políticamente para siempre. Sin embargo, en aquel momento, el dinero y la influencia le sobraban para resolver problemas ajenos y propios.
Los últimos días de Luis Incháustegui distaron mucho de la opulencia del pasado. El hombre que una vez regaló fortunas y resolvió crisis políticas terminó sus días sumido en una profunda depresión, agobiado por el asedio de demandas maritales y familiares que no le dieron tregua, incluso encontrándose en un estado de salud crítico y de extrema vulnerabilidad.
Fuentes cercanas revelan que, en medio de su dolorosa enfermedad, Incháustegui se vio obligado a mendigar y presionar por el otorgamiento de una pensión digna para poder subsistir y costear sus tratamientos médicos. Aquel entorno que antes celebraba su generosidad desapareció, dejándolo solo, triste y abandonado en una sala hospitalaria pública. La presión psicológica de los litigios personales, sumada a la precariedad económica y al olvido de sus antiguos aliados políticos, terminaron por acelerar su deceso.
El fallecimiento de Luis Incháustegui en el Hospital Morgan deja una lectura amarga sobre la condición humana y la política dominicana. Es el vivo retrato de cómo los círculos del poder y la riqueza material pueden desvanecerse, dejando al individuo despojado de todo cuando el telón comienza a caer. Murió el hombre del PEME, pero sobre todo, murió un hombre solo que, tras haberlo tenido todo, descubrió en su hora más oscura el verdadero peso del abandono.
9 de junio 2026

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